Los santos que la liturgia celebra en esta solemnidad son todos los salvados que forman la Jerusalén celeste. Si durante el resto del año litúrgico se nos ofrecen las memorias de distintos y conocidos santos, en la fiesta de hoy recordamos, sobre todo, a los santos anónimos, desconocidos, los santos de nuestras familias; santos, en definitiva, con rostro tan cercano hasta el punto de que no hay duda de que entre los santos se incluyen amigos, paisanos, conocidos y familiares. “Son nuestros hermanos, los mejores hijos de la Iglesia”.
Son “santos” porque amaron a Dios sobre todas las cosas, con todas las fuerzas de su corazón y de sus vidas. Dios fue el centro de su vida y hacer su voluntad fue toda su preocupación. Los santos son el Evangelio encarnado. No fueron personas de una pasta especial, capaces de hacer cosas extraordinarias y llamativas. Fueron como nosotros, con nuestras mismas cualidades y limitaciones, con nuestros mismos miedos y dificultades, pero se empeñaron en un intento serio, comprometido y constante en vivir el Evangelio.