17
OCT
2025

SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA



    Durante unos cuarenta años guió, como obispo, a la comunidad de Antioquía que, después de Roma, era la ciudad más importante para los cristianos, porque tenía el mayor número de creyentes. Nerón había puesto a los cristianos fuera de la ley. Cualquier acusación, fundada o no, bastaba para hacerles sufrir el rigor de la persecución: la acusación de ser cristiano era suficiente para ello. Plinio el Joven, gobernador, por aquellos años, de Bitinia, escribía al emperador Trajano: "A los que fueron delatados les interrogué si eran cristianos; si confesaban que sí, los sometía a nuevo interrogatorio, con amenaza de suplicio. A los que aun así perseveraban los mande ejecutar".

    San Ignacio fue detenido y condenado a ser devorado por las fieras en Roma. Oída la sentencia, contestó: “Te doy gracias, Señor, porque te dignaste honrarme con perfecta caridad para contigo, atándome, como tu apóstol Pablo, con cadenas de hierro..." (Mart. II,8). Es la serenidad que nace de la conciencia de cumplir una misión: la de ser testigos – eso significa mártir - de Jesucristo, haciéndose semejantes a Él en su sacrificio.

    Desde el momento de su detención, podemos seguir paso a paso los de San Ignacio, gracias a la preciosa colección de sus siete cartas auténticas, escritas durante su peregrinación encadenada. Con Zósimo y Rufo, otros dos cristianos condenados como él, y custodiados por un pelotón de soldados, partieron de Antioquía camino de Roma. Durante el trayecto, las fervorosas comunidades de aquellas tierras le salían a su encuentro como muestra de admiración y de caridad.

    Al llegar a Esmirna, toda la comunidad cristiana, presidida por su obispo San Policarpo, discípulo personal de San Juan Evangelista, sale a recibirle y le rinde homenaje como si fuera el mismo Jesucristo. Por este recibimiento les escribirá más tarde: "Yo glorifico a Jesucristo, (…) pues muy bien me di cuenta de cuán apercibidos estáis de fe inconmovible, como si estuvierais clavados, en carne y en espíritu, sobre la cruz de Jesucristo, y qué afianzados en la caridad por la sangre del mismo Cristo" (Esm. I). Otras comunidades vienen a saludarle y ayudarle con máxima caridad. Algunas de ellas quedan enriquecidas con sus cartas: Efeso, Magnesia. Desde el mismo Esmirna las escribe, junto con la enviada a los fieles de Roma. Esta carta, documento único e impresionante de la literatura universal, merece mención aparte.

    Tuvo San Ignacio conocimiento de que los romanos trataban de interponer toda su influencia para salvarle la vida y se alarmó profundamente, porque esa caridad era apartarle de su martirio, de su anhelada meta: "Por lo que a mí toca, escribo a todas las iglesias, y a todas las encarezco que yo estoy pronto a morir de buena gana por Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Yo os lo suplico: no mostréis para conmigo una benevolencia inoportuna. Permitidme ser pasto de las fieras, por las que me es dado alcanzar a Dios. Trigo soy de Dios, y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo. Halagad más bien a las fieras, para que se conviertan en sepulcro mío y no dejen rastro de mi cuerpo, con lo que, después de mi muerte, no seré molesto a nadie. Cuando el mundo no vea ya ni mi cuerpo, entonces seré verdadero discípulo de Jesucristo. Suplicad a Cristo por mí, para que por esos instrumentos logre ser sacrificio para Dios”. "Ahora os escribo vivo con ansias de morir. Mi amor está crucificado y no queda ya en mí fuego que busque alimentarse de materia; sí, en cambio, un agua viva que murmura dentro de mí y desde lo íntimo me está diciendo: "Ven al Padre". No siento placer por la comida corruptible ni me atraen los deleites de esta vida. El pan de Dios quiero, que es la carne de Jesucristo, del linaje de David; su sangre quiero por bebida, que es amor incorruptible."

    También afirma: "¡Ojalá goce yo de las fieras que están para mi destinadas y que hago votos porque se muestren veloces conmigo! Yo mismo las azuzaré para que me devoren rápidamente, y no como algunos, a quienes, amedrentadas, no osaron tocar. Y si ellas no quisieren al que de grado se les ofrece, yo mismo las forzaré. Perdonadme, yo sé lo que me Conviene, Ahora empiezo a ser discípulo. Que ninguna cosa, visible ni invisible, se me oponga, por envidia, a que yo alcance a Jesucristo. (…) Desde Siria a Roma vengo luchando ya con las fieras, por tierra y por mar, de noche y de día, atado que voy a diez leopardos, es decir, un pelotón de soldados, que hasta con los beneficios que se les hacen, se vuelven peores. Ahora que, en sus malos tratos, aprendo yo a ser mejor discípulo del Señor, aunque no por esto me tengo por justificado”.

    En Roma tocaban a su fin unas fiestas nunca vistas, para conmemorar el triunfo de Trajano sobre los dacios en el año 106. Duraron ciento veintitrés días y en ellas murieron diez mil gladiadores y doce mil fieras. El 18 de diciembre del año siguiente, 107, fueron arrojados a las fieras Zósimo y Rufo, los dos compañeros de San Ignacio, y a los dos días siguientes, el 20 de dicho mes, el santo obispo de Antioquía


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