La celebración litúrgica de este último domingo del año litúrgico, donde celebramos a Jesucristo como Rey y Señor del universo, nos ofrece la imagen de Jesús clavado y agonizando en una cruz. En medio de las burlas y desprecios de quienes le rodean., se oye una sorprendente invocación: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. No lo dice ni un discípulo ni un seguidor de Jesús. Es uno de los dos delincuentes crucificados junto a él y a quien el evangelista nos sorprende una vez proponiendo a un indeseable de la sociedad como un ejemplo admirable de fe.
A punto de morir ajusticiado sabe que Jesús es inocente, que no ha hecho más que bien a todos. Intuye en su vida un misterio que a él se le escapa, está convencido que Jesús aunque muera injustamente, no va a ser derrotado por la muerte. De ahí que de su interior nace una súplica: sólo pide a Jesús que no lo olvide: algo podrá hacer por él. Y es que el buen ladrón ha descubierto que Jesús está entregándose, esto es, dando su vida. Hay en la cruz un mensaje que no siempre hemos escuchado los cristianos y es éste: al hombre se le salva entregándose por él.
Si queremos que Cristo sea el Señor de nuestra vida, no debemos buscarlo en los triunfos, en las cosas extraordinarias, al contrario, nos invita a asumir como forma de vida la suya: el servicio y la donación total de sí mismo mostrando el amor de Dios. Jesús nos enseña constantemente cómo debe ser nuestra vida y lo hace mostrándonos la suya. Esta forma de amar, de vivir, la única que ha sido resucitada, ha sido probada por la injusticia, por el abandono, por la traición, la soledad, la violencia física hasta llegar a una muerte cruenta. Pero ha vencido porque ha amado y sigue amando en todo momento. Así es como es Señor y Rey de todo cuanto existe, Rey del Universo, de todo lo creado, de toda la humanidad. ¡A Él la gloria por los siglos de los siglos!
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